Padre celestial, fuente inagotable de amor, misericordia y verdad, al acercarme a esta noche santa en la que celebramos el nacimiento de Tu Hijo amado, mi alma, como peregrina cansada, busca descanso y refugio en Tu presencia. Te adoro, Padre eterno, porque Tu amor se hizo carne y habitó entre nosotros en la humildad de un pesebre.
Como los pastores de Belén, mi corazón se llena de asombro y reverencia ante la grandeza de Tu plan de salvación. Gracias, Yahvé, por la esperanza que renueva mis fuerzas, por la luz que brilla en medio de la oscuridad y por el amor que me impulsa a seguir adelante aun en las pruebas.
En el nombre poderoso de Jesús, te pido que purifiques mi corazón en este tiempo santo, que lo prepares como un templo vivo para recibir al Niño Dios con humildad y fe sincera. Espíritu Santo, fuego divino y aliento de vida, enciende en mí el amor que viene del cielo, para que pueda compartirlo con los demás a través de mis palabras, mis gestos y mis obras.
Deseo ofrecerle a Jesús lo mejor de mi ser: mi adoración sincera, mi servicio humilde y mi amor entregado sin reservas. Que mi vida sea un regalo agradable colocado a los pies del Salvador del mundo.
Padre bueno, elevo también mi oración por mis difuntos, por aquellos que han partido de esta vida hacia Tu eternidad. Que la luz de Tu rostro los envuelva, que Tu paz los acoja y que gocen para siempre de la vida eterna junto a Ti. Concede consuelo y esperanza a quienes los recordamos con amor.
Te suplico, Yahvé, que unifiques a todos los cristianos en un solo corazón y una sola alma, para que el mundo crea y reconozca que Jesús es el Señor y Salvador.
Todo esto te lo pido con fe, humildad y confianza, en el nombre santo, poderoso y glorioso de Jesús, tu Hijo amado y nuestro Redentor. Amén.
ORACIÓN DE LA MAÑANA