El expresidente Ernesto Samper Pizano estuvo en Medellín en un diálogo con jóvenes de la Universidad Bolivariana sobre lo que podríamos llamar el apocalipsis de una generación —todas tienen uno—: inteligencia artificial, calentamiento global y el futuro de América Latina. Hablamos con él sobre el Proceso 8.000, de su apoyo a Gustavo Petro e Iván Cepeda, de la nueva derecha y de la personería de su movimiento Poder Popular.
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"Vine a un diálogo con los jóvenes de la Universidad Bolivariana, que estamos haciendo por todo el país y por toda América Latina, para ver qué piensan de temas como la inteligencia artificial y el calentamiento global. Les ha tocado una época apocalíptica. Es un diálogo para saber cómo ven sus posibilidades hacia adelante".
"Estaba la Segunda Guerra, pero hoy se nos está conjuntando todo: la inteligencia artificial, el restablecimiento de conflictos territoriales como el de Ucrania, el genocidio de Palestina. Nos estamos desglobalizando: la globalización que intentamos en los últimos veinte años se está yendo por el suelo.En América Latina lo sentimos con el aumento de los aranceles de Trump, la persecución de los migrantes latinoamericanos y la suspensión de las ayudas sociales. Nunca le había ido tan mal a América Latina como con esta administración".
"Es válido, y a mí me queda algo de proteccionismo. Lo que se vende aquí lleva trabajo incorporado y gente que vive de eso. Es la misma discusión de hace veinte años: si nos sirve el modelo neoliberal o si necesitamos uno que combine razonablemente el mercado con el Estado".
"Yo participé en la apertura inicial de Gaviria como ministro de Desarrollo, pero siempre propuse que fuera gradual, selectiva y concertada. Gradual, porque no se podían desmontar de la noche a la mañana todos los aranceles y dejar expuestos a la industria y al campo a una competencia desleal. Selectiva, porque no era lo mismo abrir en la producción de alimentos que en las grandes industrias competitivas. Concertada, porque no se podía hacer a la brava, algo que todavía vemos hoy".
"Hice el Sisbén, que permitió que diecinueve millones de personas tuvieran salud. Y creo que la guerra no solamente se gana con fusiles ni con drones; también se gana con escuelas, con hospitales, con cooperativas agrícolas. Aquí, tal vez por las redes, miramos las cosas en blanco y negro: o la guerra o la paz. ¿Por qué no hacer las dos cosas? ¿Por qué no mejorar la presencia social del Estado en las zonas de conflicto y mantener al mismo tiempo la presencia militar?".
"Lamentablemente no me ha quedado tiempo y tampoco creo que valga la pena. Me la contaron, pero hablar de un tema después de treinta y cinco años es como comerse un tamal trasnochado. Todos esos asuntos fueron solucionados por la justicia colombiana, que expidió las sentencias correspondientes. La base de la prueba reina, que yo me reuní con este señor en Estados Unidos entre la primera y la segunda vuelta, es absolutamente falsa. Yo no fui a Estados Unidos durante la campaña".
"Escándalos de corrupción ha habido en todos los gobiernos, y creo que hay que mirarlos con otra perspectiva. Viene de la época del narcotráfico, que en Antioquia se sufrió: comenzó a circular el dinero fácil y la gente se acostumbró al enriquecimiento ilícito rápido.
Pasamos del narcotráfico al oro y del oro a los presupuestos públicos, como el cártel de la salud. El país cambió el concepto ético que tenía sobre el enriquecimiento por el trabajo, por la dedicación, por el esfuerzo y por la voluntad de ahorro. Es un cambio de valores que se produjo en los años ochenta".
"Las redes cumplen un papel de democratización: cuando yo venía aquí a hacer campaña, si no salía en El Colombiano, no existía. Pero producen dos efectos. Uno es la polarización: todo queda reducido a extremos. El plebiscito por la paz quedó cincuenta y cincuenta; el Brexit, cincuenta y cincuenta. El otro, más grave, es la compartimentalización: mandar mensajes especiales a grupos especiales para reforzar comportamientos negativos o positivos, lo que manipula la elección.
A Uribe lo apoyaron el Partido Liberal, el Conservador, Nuevo Liberalismo y Cambio Radical, y esos votos se fueron de la noche a la mañana. Es muy peligroso, porque son fuerzas de ultraderecha que le han venido quitando espacios a las derechas tradicionales. Lo mismo sucedió en México. Y Cepeda tenía condiciones que lo hacían aceptable para muchos sectores: es coherente, transparente, honrado, y tenía detrás la capacidad de convocatoria de Petro".
"Esa es su manera de ser y el país lo conocía. Es un hombre tranquilo, reflexivo; no es un candidato de pelea. Le daba tranquilidad a la gente. No cuajó el centro por la polarización de las redes, y el Partido Conservador ya no es el representante de la derecha. Hay una nueva derecha que no sabemos a dónde nos va a llevar. La izquierda sacó trece millones de votos y unos setenta parlamentarios; en mi época eran dos o cuatro".
"Me parece lamentable. Yo jamás he hecho política personalizando. El país tenía una larga tradición de separar la vida de los presidentes de su comportamiento público, y eso era sano. A cualquier presidente le pueden sacar un episodio, pero hacer política con eso me parece mezquino, no deja nada, es hasta morboso. Hay que separar su vida privada, a menos que sus actos privados comiencen a afectar su comportamiento público.
La gente pensaba que con Petro iba a haber expropiaciones y que se iba a reelegir. No pasó nada de eso. No sacó adelante la Constituyente porque se frenó a tiempo. Creo que hizo un gobierno institucionalmente sano".
"El Partido Liberal tuvo una corriente republicana y otra socialdemócrata, con Uribe Uribe, López Pumarejo y López Michelsen, en la que yo me incluyo. Cuando el Nuevo Liberalismo se abrió del partido, se consolidó la tendencia a la derecha del centro. Yo no estaba de acuerdo con la actual dirección, que es más el partido neoliberal que el Partido Liberal, y me retiré con el movimiento que me llevó a la presidencia, Poder Popular.Obtuvimos la personería, pero el Consejo de Estado no la consideró viable. Estamos dando la pelea constitucional. Es casi una cuestión de dignidad: que un expresidente no pueda hacer política en Colombia sería la negación de la política".
"No. Tengo las mismas divisiones que tienen todas las familias. La polarización no es abstracta: la tengo en la mesa donde almuerzo. Esto no es hereditario. Cada uno buscará su camino".
"Porque estamos haciendo la política con odio. Este medio no me trató muy bien durante todo mi gobierno, aunque conservo un grato recuerdo de paisas como Juan Gómez Martínez, que fue un apoyo muy importante. Puedo tener diferencias de fondo sobre la paz, sobre la guerra, puedo no estar de acuerdo con Abelardo, pero nunca llevaría eso a un terreno de odios personales, que terminan convirtiendo la política en chismografía y en pasquines baratos. La política es una forma de convivencia, no de lucha. Hay que devolverle su altura: puedo tener diferencias sin necesidad de odiar a mis contradictores".
"Lo que está pasando con el Ministerio de Cultura no puede pasar con el que se hizo en mi gobierno. En la instalación, en 1997, dije: quiero que este sea el Ministerio de la Paz. Que pensemos y sintamos distinto no quiere decir que tengamos que matarnos por esas diferencias. Podemos sumarlas y tener una identidad nacional. ¿Por qué convertir la cultura en un campo de guerra? Somos lo que fuimos y lo que queremos ser. Si usted revuelve la política con la religión o con la memoria, le está echando gasolina a un incendio. ¿En qué quedan los doscientos ochenta mil muertos que dejó la violencia en los últimos cincuenta años?".
"Es una buena reflexión. Es la pelea que se da en Estados Unidos y Europa, el wokismo, que trata de convertir en lucha de clases lo que nosotros hemos hecho, que es una lucha contra la discriminación. Aquí hay grietas de desigualdad muy fuertes entre el campo y la ciudad. Trump cogió el wokismo para decir que están desbaratando la sociedad por apoyar a las minorías. ¿Qué identifica a una madre del Pacífico con una indígena o una afrodescendiente del Chocó? La pobreza. Si no complementa la antidiscriminación con inclusión social, no consigue nada. Nuestra Constitución defiende los derechos de todas las minorías, y eso hay que complementarlo con un programa que saque de la pobreza al indígena, al campesino y al afrodescendiente. Eso no lo hace la derecha en otras partes".
"Es peligrosa, y espero que el presidente de Colombia no caiga en lo mismo. Los primeros que se está comiendo son los partidos de derecha. Los gringos nos vendían una relación civilizada: que las cosas hay que hacerlas democráticamente, que hay que respetar los derechos humanos. Hoy tratan de meter la mano en las elecciones, se llevaron a las malas a un presidente y suben los aranceles, un sacrilegio contra el libre comercio que ellos mismos recomendaban hace veinte años.
América Latina está incendiada por una diplomacia ideológica. Las relaciones se daban entre Estados, no entre gobiernos. Cuando fui secretario de Unasur había ocho gobiernos de izquierda y cuatro de derecha, y se entendían: podían sentarse en una mesa a hablar. Hoy, el Escudo de las Américas dejó por fuera inicialmente a Colombia, México y Brasil, los tres países que podrían aportar algo en la lucha contra el narcotráfico, porque sus gobiernos no eran amigos del señor Trump".
"Claro, pero nada sacrifica ni la democracia como escenario para dirimir las dificultades, ni la obligación de respetar los derechos humanos. Después de la guerra pactamos un sistema de convivencia internacional con tres principios: no intervención en los asuntos internos de los Estados, solución pacífica de controversias y respeto al derecho internacional. Exactamente las tres cosas que ha violado recientemente la política de Estados Unidos. Si los gobiernos de América Latina se la compran, el día que se vaya el señor Trump vamos a quedar en el peor de los mundos".