Las manos se encontraron una tarde cualquiera, como si el tiempo las hubiera estado esperando. Una, firme y tersa, apenas comenzando a descubrir el mundo. La otra, surcada de arrugas, con la piel curtida por los años, los trabajos y las despedidas.
Dos generaciones unidas por un instante que decía más que mil palabras.
El abuelo había vivido tanto que ya no contaba los años, sino los recuerdos. Había trabajado la tierra, criado hijos, amado con paciencia y perdido con dignidad. Cada marca en su piel era una historia: la del primer hijo que sostuvo, la del campo bajo el sol, la de la guerra que nunca quiso recordar.
El nieto, en cambio, estaba lleno de preguntas. Miraba esas manos viejas con una mezcla de curiosidad y ternura. No entendía cómo algo tan frágil podía haber sostenido tanto.
—¿Te duele, abuelo? —preguntó.
—No —respondió el viejo—. Solo pesan los años… pero valió la pena.
Se quedaron así, mano con mano, como si el tiempo se detuviera para recordarles lo esencial: que la vida pasa rápido, que todo lo que somos cabe en un gesto de amor.
Antes de dormirse, el abuelo susurró algo que el nieto recordaría por siempre:
—Disfrutá el viaje, hijo. Es solo un viaje corto… pero si amás de verdad, alcanza.
Eduardo Medina.