Un día, mientras desayunaba en un restaurante, escuché sin querer la conversación de un sacerdote en la mesa de al lado. Sus palabras me atravesaron el alma y, hasta hoy, siguen resonando en mi corazón.
Decía con dolor en la voz:
“No entiendo cómo hay personas que comulgan y aún no comprenden a quién están recibiendo…”
Contó cómo muchas veces ve a personas acercarse a la comunión distraídas, conversando, pendientes de los niños, matrimonios comulgando juntos al mismo tiempo de rodillas, más preocupadas por el gesto exterior que por el milagro que están a punto de vivir.
Y entonces dijo algo que me estremeció:
“La comunión no se trata de ti. Se trata de Él.”
No es un momento para demostrar quién es más devoto. No es una escena bonita para la foto.
Es Dios.
Es Jesucristo vivo, real, entero… en un pedacito de pan.
Y sí, a veces lo olvidamos.
La Misa no es un espectáculo.
No es para tu emoción.
No es sobre ti.
Es sobre Él.
Volvamos al asombro.
Volvamos a la reverencia.
Volvamos a recordar ante quién estamos.
“Dios en un pedacito de pan… y tú distraído”