

“Cuando fallezca, no quiero ser enterrado en la Basílica de San Pedro. Mi descanso eterno será en Santa María la Mayor. El Vaticano fue mi lugar de servicio, pero no será mi hogar final.
Estaré en una pequeña habitación donde hoy guardan los candelabros, muy cerca de esa Reina de la Paz que me ha sostenido tantas veces y a la que abracé más de cien veces durante mi pontificado. Me han dicho que todo ya está listo.
Pedí que el ritual fuera sencillo, sin tanto lujo. Hablé con el maestro de ceremonias para simplificarlo: sin catafalcos, sin actos grandilocuentes para cerrar el ataúd. Con respeto, sí, pero como cualquier cristiano.
Y aunque el Señor ya me ha regalado muchas gracias, le pedí solo una más: que me cuide cuando llegue ese momento. Que sea cuando Él quiera… pero, si puede, que el dolor físico no sea tan fuerte. Tú sabes, Señor, cuánto me asusta eso."
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